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Energía

ENERGIA

La Amazonía también guarda grandes reservas de petróleo y gas natural, muchas de las cuales se han descubierto recientemente. Además, los enormes recursos hídricos de la Amazonía hacen posible también la generación de energía hidroeléctrica, necesaria para el crecimiento de la actividad económica.

Los nuevos sitios afloramientos de gas y petróleo se han detectado en numerosos lugares de la Selva. Estos se han encontrado en el curso del río Ucayali, cerca de Iquitos, y a lo largo de los ríos Marañón, Santiago, Alto Madre de Dios y Colorado.

Estos hallazgos se hicieron distintos lotes que faltaban explorar, se afirma que este descubrimiento va a sostener por 40 años más el abastecimiento de gas, ya que se contaba con gas para 20 años, pero este horizonte podría ampliarse de manera sostenida a favor de todo el Perú. (Presidente Ollanta Humala, 2012).

El valor que el Estado peruano le otorga a la Amazonía se basa en el valor dado a los recursos naturales que alberga, como depósitos mineros, yacimientos de hidrocarburos (petróleo y gas), recursos hídricos y forestales. Asimismo, tiene la mayor confluencia de diversidad cultural y biológica y mundialmente es considerada como una zona estratégica para disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero.

En ese sentido, la selva peruana ha sido ocupada de acuerdo a ciclos de explotación de sus recursos naturales, como el ciclo del caucho y del petróleo en el siglo XX. Estas actividades económicas fueron contraproducentes a la conservación de los ecosistemas y al respeto de derechos humanos. Según Marc Dourojeanni, la selva ha entrado en un nuevo ciclo de explotación en que confluyen actividades económicas como la minería, hidrocarburos, carreteras interoceánicas e hidroeléctricas.

Por ejemplo, en el Perú hay apenas tres o cuatro centrales hidroeléctricas de medio porte en operación en la cuenca amazónica y solo dos de ellas están localizadas propiamente en el bioma amazónico. Este país genera su energía en otras vertientes o con otros recursos (petróleo, gas). Pero, por razones obvias, su mayor potencial hidroenergético (85%) está en la vertiente amazónica y eso ha despertado el interés del Brasil, que ya casi agotó sus reservas. Es así que actualmente existen 52 proyectos de construcción de centrales hidroeléctricas en la cuenca amazónica, de las que las 15 mayores serían destinadas a proveer de energía al país vecino, que las construiría y operaría. Esa situación, con variantes, se repite con la porción amazónica de los demás países, especialmente en Bolivia. Al mismo tiempo, el Brasil avanza rápidamente sobre sus últimos rios amazónicos aún no represados. Ocurre que por ser el Brasil un país plano, generar energía hídrica implica hacer enormes lagos artificiales. En cambio, en la vertiente andino-amazónica, los embalses pueden ser mucho menores y generar más energía, más barata.

 Los impactos ambientales de las hidroeléctricas son directos e indirectos y muy numerosos. Además son de gran complejidad, pues interactúan entre sí: alteraciones del régimen hídrico, reducción de la biodiversidad y productividad hidrobiológica (pesca), diversas formas de contaminación de las aguas, aumento de riesgos de desastres “naturales” (por ejemplo, en caso de sismos) y, obviamente, deforestación, caza ilegal, etc. En el caso de los valles andinos-amazónicos esas obras gigantes amenazan la extraordinaria diversidad biológica, llena de endemismos, que allí ocurre. Además, siempre se olvida que la energía debe ser transportada a grandes distancia y que pare ello se construyen líneas de trasmisión sobre centenas o miles de kilómetros destruyendo bosques y abriéndolos a usos inadecuados. Los impactos sociales son igualmente grandes y variados, tanto en la etapa de construcción como en la de operación, obligando a reasentamientos forzados de millares de personas, inundando las tierras más fértiles de los valles, facilitando nuevas ondas de deforestación, propagando enfermedades y muchas veces, fomentando ocupaciones irregulares de tierras indígenas o de áreas protegidas. Estos impactos, en el caso del Brasil, han forzado a los ciudadanos perjudicados por esas obras a formar una “federación de afectados por los grandes embalses” que lucha por recibir un tratamiento justo de los gobiernos y de las empresas. (DAR, 2011)

Cuadro: Proyecto de centrales hidroeléctricas en el Perú

 

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